PINTORES ANTIGUOS

En el valle de Vicdessos, cerca del pueblo de Tarascon-sur-Ariège, región del Midi-Pyrénée, nuestros ancestros del Paleolítico habitaron hace unos 13 mil años una serie de cavernas, se refugiaron en ellas ante las inclemencias climáticas o las frecuentaron para ritos chamánicos. La de Niaux es una de las pocas que aún pueden visitarse de forma organizada, en grupos reducidos y es una experiencia sobrecogedora.


Penetrar unos 800 metros en una de las frías y húmedas galerías es recorrer tal vez el mismo sendero que el hombre antiguo siguió para llegar a una especie de rotonda natural, llamada ‘Salón Negro’, cuyas paredes decoró con siluetas de bisontes, caballos, ciervos, cabras montesas. Podrá especularse acerca del motivo que lo llevó a hacerlo, pero lo que sí es claro es que era un hábil dibujante.

 

 

Podemos imaginarlo con un trozo de carbón en sus manos trazando la silueta de grandes animales que con seguridad cazaba para alimentarse. Predomina el color negro, pero también hay rojo y ocre provenientes de óxido de manganeso, de hierro o polvo de hematita. Seguramente se comunicaba en un lenguaje del que no hay registro (la caza y el beneficio consiguiente exigían organización), pero nos legó su arte parietal, hermoso y elegante, que sólo puede apreciarse entrando en su mundo subterráneo, obscuro, húmedo, frío, silencioso. Lo maravilloso estriba en su genialidad para decorar su entorno, a la luz y al calor del fuego, representando a los animales de que se servía para alimentarse, o infundiéndoles en un soplo creativo la inmortalidad estética que sus descendientes podemos admirar, en el silencio de esa gruta de Niaux, sólo roto por gotas de agua formando estalactitas a lo largo de milenios.


J.Esteban Yáñez H.

Gruta de Niaux (Tarascon-sur-Ariège, Midi-Pyrénées).
Septiembre de 2015.

 

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CALACEITE: MAGIA Y MITO HECHOS BOOM

En Matarraña, región olvidada de Aragón, donde el tiempo se detuvo,
se alza en una ladera el pueblo medieval en piedra que en los años 70s
sirvió de refugio y descanso a los más notables escritores
latinoamericanos.
Pueblo escondido en la falda del otero, cuento de hadas, con una
historia oculta en las juntas de sus sillares.
A principios de esa década, era fácil encontrarse en sus callejuelas
con Vargas Llosa, García Márquez, Luis Buñuel, Carlos Saura y, sí,
nuestro José Donoso. Algunos pasaban temporadas en ella, otros
sentaron casa allí.
Cabe preguntarse por qué estos artistas terminaron viviendo en un
pequeño pueblo de no más de mil habitantes. José Donoso explica, en su
“Historia personal del boom”, que en determinado momento los autores
más relevantes de la literatura latinoamericana buscaron la
internacionalización de su obra, tomando como modelos a Wolfe, Joyce,
Lawrence o  Faulkner. Y se escribieron obras como “La región más
transparente” (Carlos Fuentes), “La ciudad y los perros” (Vargas
Llosa), “Cien años de soledad” (García Márquez) o “El obsceno pájaro
de la noche”(sí, de nuestro José Donoso).
Si bien en la década anterior La Habana se había convertido en lugar
de reunión de escritores latinoamericanos y algunos europeos
fascinados por la Revolución, con el correr del tiempo ponen sus ojos
en París y Barcelona, ciudad esta última donde comienza la unificación
literaria latinoamericana bajo las manos protectoras de los editores
Carmen Balcells y  Carlos Barral.
Luego de un tiempo en Barcelona, algunos comienzan a buscar un lugar
de retiro, pero sin perder contacto con la urbe, y se dispersan por
Tarragona, Sitges o Mallorca. José Donoso, en 1971, vivía en Sitges e
iba a Calaceite a supervisar la traducción al francés de “El Obsceno
pájaro de la noche” que realizaba Didier Cotte, instalado en el
pueblo. ¿Qué encontró allí? ¿El sosiego o la fuerza creativa que emana
de sus piedras? Y terminó comprando tres casas ruinosas del siglo XVI
para convertirlas en un caserón con forma de proa donde vivió hasta
1976. En ella escribió “La misteriosa desaparición  de la marquesita
de Loriá”, “La historia personal del boom”, “Tres novelitas
burguesas”, “Casa de campo” (por ésta recibió el Premio Nacional de la
Crítica Española, en 1979) y “El jardín de al lado”.
Algo debe de tener Calaceite para atraer de la forma que lo hace a
tantos talentos creativos a lo largo del tiempo. Allí se celebró un
encuentro de escritores que reunió a De Prada, Marías, Matute,
Martínez Laínez, Galván, Reig, entre otros tantos de relevancia.
No hace mucho, el municipio honró a tanto talento, en lo más alto del
pueblo, en la conjunción de varias callejuelas, con una pequeña,
íntima plaza dedicada a los artistas, ornándola con dos piezas
escultóricas notables de artistas españoles, y en el panel dedicatorio
aparece, entre todos ellos, nuestro José Donoso.
La magia y el mito siguen vivos, pero en Calaceite es mejor no hacer
mucho ruido…

 

® Esteban Yáñez
Calaceite, septiembre de 2014.

 

 

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VOCES ENTRE RUINAS

En medio de un paisaje de trigales, viñedos y olivares se alza lo que
queda de una de las tres glorias cistercienses de esta parte de
Cataluña: las ruinas de un pasado glorioso de ocho siglos. Fue un
importante centro político y cultural. Sus abades tuvieron un papel
activo en la vida política catalana, como consejeros reales e incluso
como líderes de la comunidad, hasta su declinación en el siglo XIX, su
cierre, la subasta de sus bienes, el saqueo y el incendio. Tal fue su
fin. Pero aún surgen voces de entre sus ruinas.
Ingresar al claustro gótico es contemplar uno de sus tesoros:
galerías de ocho vanos, cuyos arcos ojivales forman un encaje en
piedra. Los tallados de sus capiteles muestran motivos florales o de
la fauna, escenas bíblicas o mitológicas, representaciones de los
vicios y pasiones humanas. En el patio central, el templete del lavabo
donde los monjes  hacían sus abluciones antes de acudir al refectorio
a una frugal comida, toda producida en el huerto, mientras escuchaban
lecturas para alimentar el alma y mantener su atención en propósitos
piadosos.
Aún podemos oír los pasos de los monjes en sus galerías dirigiéndose
presurosos, al alba, ateridos de frío, a la iglesia abacial a recitar
Laudes. O a la sala capitular a recibir instrucciones del abad en el
reparto de las tareas cotidianas en el huerto, el viñedo o el olivar.
Otros, los del scriptorium, recibían encargos especiales: copiar algún
texto, ilustrarlo, traducir algún pasaje, todo ello en silencio, pues
el voto así lo exigía. Su otrora rica biblioteca nos habla de un
importante centro del saber en que se convirtió en el siglo XVI.
La iglesia se yergue sobre una planta de cruz latina, con tres naves y
cinco capillas absidales, que exhibe algunos elementos decorativos
poco habituales, como la torre linterna, vidrieras y un rosetón. En el
transepto, los mausoleos de Pere III y de Jaume II, el Justo, y de
Blanca de Anjou, custodiados por un león y un perro, nos hablan de su
fuerza y fidelidad a la Corona y la Fe.
El correr del tiempo trajo su inexorable decadencia. El mundo había
cambiado y la razón se infiltró entre sus muros; en el Scriptorium
circulaban otras voces, otros textos que, primero en susurros y luego
desembozadamente, hablaban de otra realidad. Ya no había novicios que
renovaran la vieja regla y las cruces aumentaban en la necrópolis.
Llegaron tiempos convulsos y la violencia derribó puertas, profanó el
lugar santo, saqueó sus tesoros y el cenobio fue presa de las llamas.
Mas, aún resuenan los pasos presurosos en el claustro y se oye la
vieja salmodia bajo el ábside.

  Esteban Yáñez ®2014
Santes Creus, septiembre de 2014.

ORA E LABORA

REAL  MONASTERIO DE SANTA MARIA DE VALLBONA

 

         Ocho siglos y medio de continuidad de vida religiosa han transcurrido en este cenobio ubicado en el extremo sur de la comarca de L’Urgell, que con Poblet y Santas Creus forman la trilogía de los grandes monasterios cistercienses de la Cataluña Nueva.

         Su primera abadesa, Oria Ramírez, venía de Navarra con otras tres monjas y se integraron a una comunidad anacoreta documentada desde 1154, que seguía la regla de San Benito: Ora et labora. Gozaron de protección de reyes y nobles, cuyas hijas profesaron en el monasterio por siglos.

         Las edificaciones monásticas se organizan en torno del claustro, iniciado románico y terminado gótico. La iglesia abacial tiene planta de cruz latina de una sola nave y tres ábsides de cabecera, austera pero armónica. Bajo las losas del transepto reposan los restos de las abadesas, cuyas lápidas sepulcrales las identifican. Un sarcófago al costado derecho del presbiterio contiene los restos de Violant de Hungría, esposa del rey Jaume I, y enfrente, los de su hija Sancha.

         La vida monástica comenzaba con el llamado a Maitines, a eso de las 6 de la mañana, y el conjunto monjil acudía a la iglesia para iniciar el día orando; luego se repartían las labores cotidianas y la oración a lo largo de la jornada, que concluía en las Completas, pasadas las 9 de la noche, rutina que siguen hasta hoy las nueve monjas que integran la comunidad. Las campanas tañen a Eucaristía y algunas, ya ancianas, acuden al mismo rito que Oria de Ramírez convocaba hace 850 años.

 

ESTEBAN YAÑEZ– ©2014.

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Ciudades Antiguas

SAMARCANDA…en la Ruta de la Seda

La antigua Afrasiab, parte del mundo persa, floreció por siglos y resplandecía en el largo camino que unía la antigua Xian (capital del imperio chino durante doce dinastías) con Bizancio y los puertos del Mediterráneo cuando la conquistó Alejandro. En sus bazares deslumbraba la seda -el secreto chino tan celosamente guardado como el del papel- y se intercambiaba por especias, piedras preciosas, plata, vidrio, aves exóticas, animales increíbles. Sus calles vieron pasar al gran Omar Khayam, matemático y filósofo, astrónomo y oteador del firmamento, poeta y cantor, místico y hedonista. Venía de Persia –otro mito-, donde había crecido y se había formado con los grandes. Su canto a la vida, al goce, aún resuena en los versos del Rubaiyat.

Desde el Asia central, montados en veloces caballos, llegaron los mongoles de Gengis Khan y asolaron Samarcanda y la sometieron por cien años. Pero, como todo mal no debe durar más que eso, aparece el gran Timur, también conocido como Tamerlàn, que decide transformar a Samarcanda en la capital de su imperio. Se cuenta que de cada ciudad que iba conquistando trajo artistas, artesanos y sabios para que la dotaran de obras únicas y dignas de su nombre. Su propia tumba, Gur-e Amir, es magnífica: el más grande homenaje que recibiera de su ciudad, la joya antigua que aún resplandece en la Ruta de la Seda.
¿Será un espejismo?

Vaya a la plaza de Registàn en una noche estrellada y verá la perfección. Lo alumbrarán los mismos astros que cautivaron al gran Ulug Beg (gran astrónomo y, sí, nieto de Timur). Y oirá el eco de los versos del Rubaiyat:

“¡La aurora! ¡Dicha y pureza! Un inmenso rubí centellea en cada copa. Toma estas dos ramas de sándalo. Transforma ésta en laúd y enciende la otra, para que nos perfume”.

J. Esteban Yàñez H. Samarcanda (Uzbekistàn), 2007.

EL ENCANTO DE LISBOA

FERNANDO PESSOA Y CAFE BRASSILEIRA, LISBOA

FERNANDO PESSOA Y CAFE BRASSILEIRA, LISBOA

 

¿ Qué provoca al viajero volver a esta ciudad tan especial ?

¿Es la monumentalidad de su arquitectura, la calidez de sus habitantes, la cadencia de la lengua, la melancolía de su música, la exquisitez de su comida y de sus vinos? ¿Es tal vez el deseo de perderse en las callejuelas antiguas de Alfama, el otrora barrio árabe, donde todos se conocen y siempre hay un saludo al visitante; donde el pulso de la vida cotidiana resuena en los adoquines, en los rincones oscuros, en las ventanas abiertas, en sus mesones? ¿Es su ritmo tranquilo, cadencioso, sin prisas ni ruidos estentóreos? ¿Es la placidez reflejada en las mesas de café o las barras de bar, donde sus habitantes  comparten su intimidad?

El pasado esplendor aún se aprecia en las fachadas azulejadas, en los grandes monumentos, la riqueza de sus iglesias y monasterios decorados en el glorioso estilo desarrollado en la época dorada de don Manuel I, como ese encaje en piedra del  monasterio  de los Jerónimos, frente a las aguas de Belem, de donde zarparon los grandes navegantes hacia Africa, Oriente y América, y en cuyo homenaje se alzó la Torre de los Descubrimientos.

Los viejos tranvías traquetean por las colinas. El número 28 pasa por la Baixa, sube y pasa junto a la vieja catedral, que manos medievales levantaron en estratégica ubicación, cerca del castillo de san Jorge, recorre los barrios y al final se detiene  en el cementerio de los  Placeres, como si los lisboetas no percibieran el paso al más allá como un hecho trágico.

Cuando se trata de poner imaginación en el comer, pregùntese a un portugués cómo se prepara el bacalao y la respuesta será: ¡hay una receta para cada dìa del año!  Ni qué decir de pulpo y otros mariscos que compiten en las cartas de igual a igual con carnes y pasta. Y ese vino verde fresco y burbujeante, frutal y oloroso…o terminar una buena comida con el dulce vino de Oporto, toda una gloria portuguesa.

Y el fado, esa melancolía hecha música que resuena en las callejuelas del Barrio Alto o en Alfama cada noche, que canta al destino que no fue, al amor perdido, a lo que no se explica con palabras sino con acordes, y que constituye el alma portuguesa.

Volver a Lisboa es todo eso y más: es Fernando Pessoa o cualquiera de sus heterònimos esperàndolo en el café La Brasileira. Es la voz cadenciosa y melancólica de Amalia Rodrìgues. Es el marqués de Pombal, que rehizo esta Lisboa monumental después del gran terremoto de 1755. Es el conductor de tranvía que le mostrará la ciudad desde las colinas. Es el portugués cálido, apacible, tímido, heredero de ese esplendor pasado y orgulloso de compartirlo con el visitante, como ese panteonero anónimo que aclaró que Fernando Pessoa ya no está en el mundo de los Placeres, sino en el cielo de los Jerónimos.

J.Esteban Yàñez H.

Octubre de 2010

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LA RIBEIRA SACRA

El Otoño apenas se divisa en esta área del noroccidente peninsular, la bella y verde Gallaetia, como la llamaron los romanos, cuya presencia aún se siente en estos lares, ora en un puente, ora en un acueducto, en una antigua senda empedrada y -cómo no- en los bancales de las riberas del Sil y del Miño, donde plantaron la vid y el castaño. Amarillos y rojizos ya se perciben en los nocedales, encinares y viñedos que conforman el paisaje de esta tierra gallega, enmarcando ermitas, pequeñas iglesias y monasterios dominicos y cistercienses.

¿Por qué establecerse en estos parajes?  Se dice que para los anacoretas medievales era lo más cercano a la tierra de promisión, donde su compañía eran las aves del cielo, el viento, el agua. Aquí una pequeña ermita pétrea; allá una iglesia; más lejos una abadía, un convento, un monasterio donde el románico se enseñorea y ni el abandono de siglos los despoja de su carácter, su atmósfera de recogimiento. Internarse en sus claustros, caminar por sus naves, tocar sus piedras es volver a los albores del medioevo, cuando el hombre temía a los designios celestiales y se retiraba a hacer oración para purgar sus culpas.

Hoy, el viajero deambula presuroso por los caminos gallegos, empujado por el ansia de visitar lo distinto y, estimulado por el hedonismo, prueba sus productos de la tierra, del mar y de las Rias Baixas, donde se producen el Albariño y el Mencía. Pero ¿qué tenemos al fondo del cañón por donde corre el Miño -¿o es el Sil?- sino un catamarán? Desde los miradores que dan vértigo se ve cómo serpentean estos ríos entre abruptas riberas cargadas de vides en terrazas, de castaños, robles y abedules. Entre sus copas se divisa una ruina románica, un torreón, una ermita, un monasterio. Sí, es Santo Estevo de Ribas de Sil, pacientemente restaurado, con sus tres cuadrángulos: uno románico, otro gótico y uno renacentista, hoy transformado en lujoso parador.

Allá está Monforte de Lemos, antigua residencia de la poderosa familia feudal, que llegó a ser consejera del Rey, protectora de las artes y mecenas, a cuya sombra se despliega el antiguo burgo (se dice que bajo el peñón se instaló la próspera judería que comerciaba el vino de la ribeira) donde las clarisas, los jesuitas y los escolapios dejaron magníficos claustros y no pocos tesoros. ¿Y el Centro de Interpretación del Vino no es acaso otro pero moderno portento? Su encantadora anfitriona nos ilustra acerca de la viticultura heroica que se desarrolla en los bancales de los cañones de los ríos, donde las artes de vendimia poco han cambiado en siglos, pero sí los mostos que produce, hoy organizados bajo la denominación de origen de la Ribeira Sacra.

La neblina otoñal se enseñorea por los bosques y humedece las piedras centenarias. Las encinas y los castaños dejan caer su fruto, los viñateros están afanados en los bancales…Mientras, los claustros repiten la antigua salmodia y los himnos se elevan junto con el incienso entre las volutas de las naves antiguas. El sueño medieval no es alterado por lo nuevo. No por nada aún se la denomina Ribeira Sacra.

 

J.E.Yáñez H.

Monforte de Lemos (Galicia)

Otoño de 2011