VOCES ENTRE RUINAS

En medio de un paisaje de trigales, viñedos y olivares se alza lo que
queda de una de las tres glorias cistercienses de esta parte de
Cataluña: las ruinas de un pasado glorioso de ocho siglos. Fue un
importante centro político y cultural. Sus abades tuvieron un papel
activo en la vida política catalana, como consejeros reales e incluso
como líderes de la comunidad, hasta su declinación en el siglo XIX, su
cierre, la subasta de sus bienes, el saqueo y el incendio. Tal fue su
fin. Pero aún surgen voces de entre sus ruinas.
Ingresar al claustro gótico es contemplar uno de sus tesoros:
galerías de ocho vanos, cuyos arcos ojivales forman un encaje en
piedra. Los tallados de sus capiteles muestran motivos florales o de
la fauna, escenas bíblicas o mitológicas, representaciones de los
vicios y pasiones humanas. En el patio central, el templete del lavabo
donde los monjes  hacían sus abluciones antes de acudir al refectorio
a una frugal comida, toda producida en el huerto, mientras escuchaban
lecturas para alimentar el alma y mantener su atención en propósitos
piadosos.
Aún podemos oír los pasos de los monjes en sus galerías dirigiéndose
presurosos, al alba, ateridos de frío, a la iglesia abacial a recitar
Laudes. O a la sala capitular a recibir instrucciones del abad en el
reparto de las tareas cotidianas en el huerto, el viñedo o el olivar.
Otros, los del scriptorium, recibían encargos especiales: copiar algún
texto, ilustrarlo, traducir algún pasaje, todo ello en silencio, pues
el voto así lo exigía. Su otrora rica biblioteca nos habla de un
importante centro del saber en que se convirtió en el siglo XVI.
La iglesia se yergue sobre una planta de cruz latina, con tres naves y
cinco capillas absidales, que exhibe algunos elementos decorativos
poco habituales, como la torre linterna, vidrieras y un rosetón. En el
transepto, los mausoleos de Pere III y de Jaume II, el Justo, y de
Blanca de Anjou, custodiados por un león y un perro, nos hablan de su
fuerza y fidelidad a la Corona y la Fe.
El correr del tiempo trajo su inexorable decadencia. El mundo había
cambiado y la razón se infiltró entre sus muros; en el Scriptorium
circulaban otras voces, otros textos que, primero en susurros y luego
desembozadamente, hablaban de otra realidad. Ya no había novicios que
renovaran la vieja regla y las cruces aumentaban en la necrópolis.
Llegaron tiempos convulsos y la violencia derribó puertas, profanó el
lugar santo, saqueó sus tesoros y el cenobio fue presa de las llamas.
Mas, aún resuenan los pasos presurosos en el claustro y se oye la
vieja salmodia bajo el ábside.

  Esteban Yáñez ®2014
Santes Creus, septiembre de 2014.

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