EL ENCANTO DE LISBOA

FERNANDO PESSOA Y CAFE BRASSILEIRA, LISBOA

FERNANDO PESSOA Y CAFE BRASSILEIRA, LISBOA

 

¿ Qué provoca al viajero volver a esta ciudad tan especial ?

¿Es la monumentalidad de su arquitectura, la calidez de sus habitantes, la cadencia de la lengua, la melancolía de su música, la exquisitez de su comida y de sus vinos? ¿Es tal vez el deseo de perderse en las callejuelas antiguas de Alfama, el otrora barrio árabe, donde todos se conocen y siempre hay un saludo al visitante; donde el pulso de la vida cotidiana resuena en los adoquines, en los rincones oscuros, en las ventanas abiertas, en sus mesones? ¿Es su ritmo tranquilo, cadencioso, sin prisas ni ruidos estentóreos? ¿Es la placidez reflejada en las mesas de café o las barras de bar, donde sus habitantes  comparten su intimidad?

El pasado esplendor aún se aprecia en las fachadas azulejadas, en los grandes monumentos, la riqueza de sus iglesias y monasterios decorados en el glorioso estilo desarrollado en la época dorada de don Manuel I, como ese encaje en piedra del  monasterio  de los Jerónimos, frente a las aguas de Belem, de donde zarparon los grandes navegantes hacia Africa, Oriente y América, y en cuyo homenaje se alzó la Torre de los Descubrimientos.

Los viejos tranvías traquetean por las colinas. El número 28 pasa por la Baixa, sube y pasa junto a la vieja catedral, que manos medievales levantaron en estratégica ubicación, cerca del castillo de san Jorge, recorre los barrios y al final se detiene  en el cementerio de los  Placeres, como si los lisboetas no percibieran el paso al más allá como un hecho trágico.

Cuando se trata de poner imaginación en el comer, pregùntese a un portugués cómo se prepara el bacalao y la respuesta será: ¡hay una receta para cada dìa del año!  Ni qué decir de pulpo y otros mariscos que compiten en las cartas de igual a igual con carnes y pasta. Y ese vino verde fresco y burbujeante, frutal y oloroso…o terminar una buena comida con el dulce vino de Oporto, toda una gloria portuguesa.

Y el fado, esa melancolía hecha música que resuena en las callejuelas del Barrio Alto o en Alfama cada noche, que canta al destino que no fue, al amor perdido, a lo que no se explica con palabras sino con acordes, y que constituye el alma portuguesa.

Volver a Lisboa es todo eso y más: es Fernando Pessoa o cualquiera de sus heterònimos esperàndolo en el café La Brasileira. Es la voz cadenciosa y melancólica de Amalia Rodrìgues. Es el marqués de Pombal, que rehizo esta Lisboa monumental después del gran terremoto de 1755. Es el conductor de tranvía que le mostrará la ciudad desde las colinas. Es el portugués cálido, apacible, tímido, heredero de ese esplendor pasado y orgulloso de compartirlo con el visitante, como ese panteonero anónimo que aclaró que Fernando Pessoa ya no está en el mundo de los Placeres, sino en el cielo de los Jerónimos.

J.Esteban Yàñez H.

Octubre de 2010

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