LA RIBEIRA SACRA

El Otoño apenas se divisa en esta área del noroccidente peninsular, la bella y verde Gallaetia, como la llamaron los romanos, cuya presencia aún se siente en estos lares, ora en un puente, ora en un acueducto, en una antigua senda empedrada y -cómo no- en los bancales de las riberas del Sil y del Miño, donde plantaron la vid y el castaño. Amarillos y rojizos ya se perciben en los nocedales, encinares y viñedos que conforman el paisaje de esta tierra gallega, enmarcando ermitas, pequeñas iglesias y monasterios dominicos y cistercienses.

¿Por qué establecerse en estos parajes?  Se dice que para los anacoretas medievales era lo más cercano a la tierra de promisión, donde su compañía eran las aves del cielo, el viento, el agua. Aquí una pequeña ermita pétrea; allá una iglesia; más lejos una abadía, un convento, un monasterio donde el románico se enseñorea y ni el abandono de siglos los despoja de su carácter, su atmósfera de recogimiento. Internarse en sus claustros, caminar por sus naves, tocar sus piedras es volver a los albores del medioevo, cuando el hombre temía a los designios celestiales y se retiraba a hacer oración para purgar sus culpas.

Hoy, el viajero deambula presuroso por los caminos gallegos, empujado por el ansia de visitar lo distinto y, estimulado por el hedonismo, prueba sus productos de la tierra, del mar y de las Rias Baixas, donde se producen el Albariño y el Mencía. Pero ¿qué tenemos al fondo del cañón por donde corre el Miño -¿o es el Sil?- sino un catamarán? Desde los miradores que dan vértigo se ve cómo serpentean estos ríos entre abruptas riberas cargadas de vides en terrazas, de castaños, robles y abedules. Entre sus copas se divisa una ruina románica, un torreón, una ermita, un monasterio. Sí, es Santo Estevo de Ribas de Sil, pacientemente restaurado, con sus tres cuadrángulos: uno románico, otro gótico y uno renacentista, hoy transformado en lujoso parador.

Allá está Monforte de Lemos, antigua residencia de la poderosa familia feudal, que llegó a ser consejera del Rey, protectora de las artes y mecenas, a cuya sombra se despliega el antiguo burgo (se dice que bajo el peñón se instaló la próspera judería que comerciaba el vino de la ribeira) donde las clarisas, los jesuitas y los escolapios dejaron magníficos claustros y no pocos tesoros. ¿Y el Centro de Interpretación del Vino no es acaso otro pero moderno portento? Su encantadora anfitriona nos ilustra acerca de la viticultura heroica que se desarrolla en los bancales de los cañones de los ríos, donde las artes de vendimia poco han cambiado en siglos, pero sí los mostos que produce, hoy organizados bajo la denominación de origen de la Ribeira Sacra.

La neblina otoñal se enseñorea por los bosques y humedece las piedras centenarias. Las encinas y los castaños dejan caer su fruto, los viñateros están afanados en los bancales…Mientras, los claustros repiten la antigua salmodia y los himnos se elevan junto con el incienso entre las volutas de las naves antiguas. El sueño medieval no es alterado por lo nuevo. No por nada aún se la denomina Ribeira Sacra.

 

J.E.Yáñez H.

Monforte de Lemos (Galicia)

Otoño de 2011

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